Canción de la buena gente, de Bertold Brecht, traducción de Vicente Romano y Jesús López Pacheco:
A la buena gente se la conoce en que resulta mejor cuando se la conoce.
La buena gente invita a mejorarla, porque ¿qué es lo que a uno le hace sensato? Escuchar y que le digan algo.
Pero, al mismo tiempo, mejoran al que los mira y a quien miran. No sólo porque nos ayudan a buscar comida y claridad, sino, más aún, nos son útiles porque sabemos que viven y transforman el mundo.
Cuando se acude a ellos, siempre se les encuentra. Se acuerdan de la cara que tenían cuando les vimos por última vez. Por mucho que hayan cambiado -pues ellos son los que más cambian- aún resultan más reconocibles.
Son como una casa que ayudamos a construir. No nos obligan a vivir en ella, y en ocasiones no nos lo permiten. Por poco que seamos, siempre podemos ir a ellos, pero tenemos que elegir lo que llevemos.
Saben explicar el porqué de sus regalos, y si después los ven arrinconados, se ríen. Y responden hasta en esto: en que, si nos abandonamos, les abandonamos.
Cometen errores y reímos, pues si ponen una piedra en lugar equivocado, vemos, al mirarla, el lugar verdadero.
Nuestro interés se ganan cada día, lo mismo que se ganan su pan de cada día.
Se interesan por algo que está fuera de ellos.
La buena gente nos preocupa. Parece que no pueden realizar nada solos, proponen soluciones que exigen aún tareas.
En momentos difíciles de barcos naufragando de pronto descubrimos fija en nosotros su mirada inmensa.
Aunque tal como somos no les gustamos, están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.
La descripción de la buena gente de Bertold Brecht me recuerda a la descripción de las características del alma humana a medida que va madurando que se recogen en los yamas y niyamas. Diferentes formas de recoger la misma observación palpable de la realidad. Me gusta el planteamiento sencillo, libre de folclore, que hace Madhava, que a través de la escuela Sanatana Dharma nos acerca poderosas técnicas y conocimientos recogidos y almacenados en la India, cuya cultura compositiva ha sabido tener la virtud de no borrar un capítulo para escribir el siguiente encima, atesorando antiguo bagaje, que la sociedad teosófica y Maestros de yoga de la línea de Sivananda, entre otros, han puesto a disposición del mundo en la edad contemporánea.
Los Maestros de yoga son buena gente. La ciencia del yoga nos da instrucciones prácticas para convertirnos en buena gente. Las almas humanas maduramos a través de la dualidad (placer/dolor, bienestar/sufrimiento, confusión/claridad) experimentada en las experiencias que nos ofrece la vida; al principio de forma inconsciente, escapando del dolor, buscando el placer, y gradualmente de forma más consciente y voluntaria, y es aquí donde las enseñanzas y prácticas que llamamos Yoga se presentan como preciosas ayudas, y el testimonio, ejemplo y presencia de los que llamamos Maestros se vuelven enseñanza viva, cuyo contacto alienta, inspira, sostiene, posibilita. Mal mirado, un Maestro de yoga me da trabajo, me mete en líos que no le van bien a mi comodidad burguesa, me saca las vergüenzas. Bien mirado, un Maestro de Yoga no hace nada, expresa la Vida sin añadir nada, resulta una forma de expresión de la Vida que me sostiene, me impele adelante, me conforta, me acompaña y ayuda; canal claro de la Vida de forma que yo puedo sentir más cerca y más claro esa Vida atendiéndome, a mí, pequeña, limitada y también asistida para desarrollar gozoso potencial ilimitado. Qué podamos todos y cada uno experimentar conscientemente la dicha de la Vida ✨.
Un camino largo a través de experiencias hasta que consigo abrir las entendederas para escuchar enseñanzas como las que llamamos Yoga; un camino largo por delante cuando tengo la fortuna de asomarme a eso que llamamos Yoga. Y una transición entre una forma y otra de caminar la Vida. Transición que puede ser más o menos amable. La Vida impele hacia delante, y cuando no sé, no entiendo, no concibo, tengo miedos, y vivo en una sociedad que no expresa bien la Vida, me puedo ver aplastada entre la Vida que me impele y el abismo de no saber cómo caminar adelante, de no concebir adelante, o de concebirlo mal. La Vida seguirá impeliendo, la tensión seguirá creciendo hasta que sea suficiente para que yo salve el abismo... Puede ser más amable el camino, y agradezco a la escuela Sanatana Dharma, precioso paso amable que se ofrece a cualquiera que pueda cumplir dos condiciones: guardar el debido respeto para con todos y querer mejorar.
ADA V. DeviS
Añadir comentario
Comentarios